domingo, 20 de marzo de 2011

Fukushima. La Secuela.


                  Si bien en las últimas horas los equipos a cargo de la amenaza nuclear parecen haber conjurado el desastre, es imposible decir que el peligro se haya extinguido. En primer lugar porque aunque nadie lo alerta se ha impedido la fundición del núcleo (lo cual es bueno), pero aún, a hoy 19 de marzo, la radiación no se ha detenido si bien es baja. En segundo lugar porque las réplicas del  terremoto continúan ocurriendo y éstas podrían resquebrajar aún más las estructuras de los seis reactores nucleares de Fukushima. En tercer lugar porque se sigue luchando con un enemigo –el átomo- desconocido, que no se estará quieto siquiera cuando tenga un mausoleo de concreto cubriéndolo, y será una amenaza por los 24,000 años siguientes.

Enfriando los reactores a manguerazos: el último recurso
                 ¿Hay motivos para el optimismo? Claro, y mucho. El gobierno japonés luego de sus veleidades  iniciales ha debido confirmar el hallazgo de partículas de Yodo radiactivo en el agua potable de Tokio y otras ciudades. Han añadido que las dosis radiactivas son inferiores a los límites legales. ¿Les creemos? También reconoce el gobierno haber hallado altos niveles radiactivos en la leche, espinaca y otros productos agrícolas en torno a Fukushima. ¿Sólo Fukushima? Si tenemos en cuenta que la radiación ya fue detectada en California luego de viajar 8,000 kilómetros, ¿De que hablamos? Por cierto, la radiación es llevada por los vientos dentro del respectivo hemisferio, por ello en el hemisferio sur no habrá que preocuparse demasiado, pero el hemisferio norte, específicamente EEUU, ya agotó las provisiones de pastillas de Yodo en sus almacenes.

                El gran problema, casi tan grave como los reactores nucleares, es que los japoneses usan y abusan del Tate Mae, que básicamente consiste en ocultar la verdad, para ser amables. Algo similar  (pero elevado a todo orden de cosas) a lo que ocurre en occidente cuando confesado el amor por una fémina ella responde con el clásico “Te quiero como amigo”, o la más reciente “No eres tú, soy yo” al romper una relación. Para los japoneses un “Lo pensaremos” en el ámbito de negocios, es en verdad “No insista, no nos interesa”. De allí a que los gobernantes nipones oculten a sus ciudadanos y al mundo entero la información, hay un solo paso. Ya sabemos que el primer ministro Naoto Kan increpo a Tepco “¿Qué diablos está pasando?” cuando se enteró que la compañía había demorado una hora en informarle de las explosiones en los reactores.

Presidente de TEPCO estalla en llanto luego de conferencia
                   Cabe preguntarse que pasó con los manifestantes antinucleares de las décadas de los 70s y 80s del siglo pasado. Con éxito diverso en sus reclamos, tras la caída de la URSS colgaron sus pancartas y tuvieron hijos y nietos. Los hijos se convirtieron en Yupis y renegaron de sus padres; y los nietos, los Alex Keaton tardíos de nuestros días, están convertidos en esos jóvenes embobados, generación “chuchería electrónica”, que mira con desconfianza las pancartas de sus abuelos que condenaron el horror nuclear; mientras machucan sus IPODS, sus Blackberrys, y se mandan Twits contándose todo, hasta los bostezos. En tanto los gobiernos que los abuelos combatieron son los mismos y juegan a ser dioses con peligro para todos.

                Este desastre japonés nos deja lecciones. Los gobiernos que la pegan de poderosos pueden ser rebasados en dos por tres por la naturaleza y dejarlos mal parados. El estado de bienestar de las naciones ricas puede desplomarse en abrir y cerrar de ojos y convertir a un pueblo de privilegios en uno del tercer o cuarto mundo al menos temporalmente.  Ver a los japoneses tratando de apagar la central nuclear a baldazos de agua es chocante cuando imaginábamos que tendrían todo controlado y lucharían con cosas automáticas controladas por botones y robots.También inspira una reflexión la disciplina que muestran ante la pérdida de todo o casi todo.

                Si en las sociedades antiguas los guerreros probaban su valor devorando el corazón del enemigo o bebiendo su sangre, nuestra sociedad civilizada pasará en los siguientes meses (o años) por una prueba similar. Cada vez que ingiramos un alimento o bebida, deberemos preguntarnos si este estuvo o no expuesto a la radiación, o si fue irrigado con agua contaminada. Hasta Popeye deberá desconfiar de las espinacas. 


Pueblo Libre, marzo del 2011


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