viernes, 11 de marzo de 2011

Recuerdos de Familia

                Uno descubre que está hecho de recuerdos. No somos espíritu, ni huesos vestidos de carne. Somos el recuerdo del segundo anterior, y el de los 40 años atrás. Yo recuerdo un terremoto en la ciudad y el miedo consiguiente, una escuela de mentira con una prima profesora, y un colegio (amarillo) de verdad al que fuimos todos los varones de esos años. Recuerdo como cosa escueta, un telegrama, unos años difíciles, una casa de palomas, una abuela, unos hermanos y unos primos.
                Cuando uno viene no elige a la familia. Esta le toca en suerte como cuando lanzas unos dados. Abres los ojos y ya están allí. Te toman en brazos, le dicen a mamá, “es un hombrecito”, y una cachetada para llorar. Papá, mamá y hermanos. Luego la familia crece. Hay abuelos, tíos, primos, más tíos,  más primos. Tuve una abuela a la que le bastaba una palabra para inventar una cura a nuestros males. Sean del cuerpo o del alma, allí estaba ella. Jamás los nietos le dijimos Mamá ni mamama (que huachafería), como hacen los chicos de ahora para no decir abuela a sus abuelas, pero vaya que nuestra abuela era una mamá.
                Mis hermanos eran difíciles. Un día se llevaron mi bicicleta y la trajeron partida en dos. Tenían sus amigos y me dejaron tener los míos, elegir mi propio camino. Un día se casaron  y se volvieron gente de bien. Tuve (tengo) una hermana, independiente y complicada que también se volvió gente de bien y creó una familia hermosa, como el otro y el otro. Tuvimos (tenemos) unos primos. Recuerdo una prima mayor que armó la escuela en el cuarto del fondo de su casa a los doce años, con dos alumnos indisciplinados. Yo era uno y el otro un primo con el que nos sentábamos al pedal de la máquina de coser de la abuelita y soñábamos que la rueda del pedal era el timón de nuestro auto y éramos tan pequeños que nos bañaban en tinas plásticas hasta arrugarse nuestra piel y los juguetes de goma no querían ahogarse ni quedarse en los fondos de aquellos mares de mentiras. Era lindo. Al salir nos cubrían con toallas calientes, nos vestíamos y a jugar otra vez.
                Los primos varones nos íbamos de aventuras. Una mañana nos fuimos a la playa y caminamos hacia el Sur, tanto que pensamos estar llegando al autentico fin del mundo, encontramos un lago tan grande como el Titicaca, mucha arena y peces, estábamos perdidos pero hallamos  el camino. Otras veces trepábamos el cerro Pesqueda, eso era cuando íbamos a casa del abuelo y la familia se agrandaba con otras tías tan jóvenes como nosotros. Los primos éramos como los Mosqueteros, todos para uno, uno para todos. De tanto mirarnos nos queríamos y nos aborrecíamos, pero al final del día cada uno sabía en donde estaban todos. Después el abuelo trajo a la familia a vivir al lado de nuestras casas y fuimos aún más. Abuelo, abuela, primos, hermanos, amigos, tremenda familia. En navidades íbamos de una puerta a otra saludando a la familia, a los vecinos, a todos. El abuelo compraba regalos para sus nietas mujeres y a los varones sólo nos quedaba silbar pero jamás una queja ni una envidia. En la niñez los primos siempre estuvimos en los cumpleaños de los primos. Hasta que se terminó.      
                Por eso digo que somos cofres de recuerdos. Sin importar por que caminos andemos, nuestros recuerdos van a cuestas. Principalmente recuerdo de nuestros primeros años, la primera música, la primera escuela, los hermanos, los primos, los abuelos. Del recuerdo venimos y en recuerdo nos convertiremos. Gracias familia.


Pueblo Libre, marzo del 2011


P.S. Espero terminar pronto estos temas. La idea era un blog político y se ha convertido en un anecdotario.  

 

sábado, 5 de febrero de 2011

Uno y Mil Juegos


Guaraca

En un post anterior he mencionado que para nosotros, los chicos de la 9 de Larco, la vida era una empresa variada y fascinante. Y es verdad. Del tiempo transcurrido entre mis diez y once años, sólo recuerdo los juegos. Jugábamos a ser cazadores con nuestras guaracas apuntando hacia latas de leche, botellas, roedores, y otros animales (cosa que hoy deploro). Jugábamos a ser pescadores en acequias cristalinas que hospedaban las carnadas mientras nosotros caminábamos hasta los jardines del Golf y  Country Club, a seguir jugando. Invadíamos el San José y el Claretiano para desafiar a los pituquitos a jugar al fútbol, Íbamos a la playa a jugar pelota en la arena y comer Turrón (el nuestro, el anaranjadito). Montábamos bicicleta y recorríamos el distrito como una verdadera Patrulla Juvenil. En la avenida Industrial confiscábamos Caña de Azúcar con un mecanismo inimaginable desde los trailers que la transportaban. ¿De donde salía tanto tiempo? En primer lugar del hecho de que no tenía que estudiar los cursos. Asistía a clases y la memoria me permitía responder los exámenes, orales o escritos, sin vivir recluido en casa. En segundo lugar, del método competitivo que para enseñarnos las materias tenía el profesor César Romero. Así, hasta las clases eran un juego interesantísimo. Pero como no estábamos contentos con nada, al interior de la familia inventamos un par de juegos que nunca salieron del seno de la misma (entiéndase por familia a mis hermanos y primos).

         Teníamos dos patios divididos por un muro de aproximadamente 1.80 metros de altura. El juego consistía en elevarse y descolgar el balón (estaba prohibido el mate) en el otro patio. El defensor debía evitar que el balón pegara en el piso y el atacante debía hacer que el balón diera en él. Con 15 puntos se ganaba. La altura del muro cegaba tanto al atacante como al defensor. Por donde vendría el ataque y en donde estaba la defensa, era un verdadero misterio. Era como un vóley, pero despacio y a ciegas y lo jugábamos con mucha honestidad.

         Otro juego que inventamos y jugamos durante algún tiempo fue Las Propagandas. Consistía en adivinar que propaganda se presentaría en la TV en cada instante durante las respectivas tandas. Puesto que sabíamos que propagandas estaban en boga, adivinar era posible. Eran los tiempos de “Pide Soda Día”, o “Todos se toman mi Cerelac, me voy...¿Qué estas haciendo diablito?”. Y por supuesto, la mítica “Pásame la Manty”.

         Otro juego pre-cubo mágico para rompernos la paciencia fue BOLERO. Consistía de un pequeño madero de unos doce centímetros de largo, en cuya punta adelgazada como un lapicero debía ensartarse una bola de madera que tenia un orificio para ese propósito. El concepto era simple, pero tener éxito jugándolo no era sencillo. El cubo mágico fue un salto tecnológico considerable, un juego para “inteligentes”. Hasta se hicieron concursos en la TV y todo. Pero básicamente cada actividad era lúdica. Por supuesto habíamos jugado años antes las Escondidas, La Lleva, Bata, Botella Borracha, Teléfono Malogrado, Matagente. Y los varones en exclusiva jugábamos Bolitas, Trompo, Run-Run, Yo-yo, etc.

Bolero
          Mi impresión es que un niño que juega será un niño feliz. Pero el juego debe implicar la interrelación, la posibilidad de gozar, reír, llorar, emocionarse, hacer más ricos los procesos, desarrollar habilidades de diversos tipos logrando además canalizar energías que de otro modo se pueden expresar violentamente.

         Por eso cuando veo chicos muy jóvenes con sus rostros amargados, respondiendo preguntas llenos de ira, creyendo que el mundo está contra ellos, me pregunto si no es carencia de lo lúdico la raíz del problema. Hay generaciones de niños y jóvenes que han crecido casi sin interacción social, cuya única experiencia de juegos ha sido frente al monitor de la PC o de la TV. Fueron reducidos a ello por padres muy trabajadores que no tenían tiempo para jugar con sus hijos, o por la violencia de las calles de la que querían proteger a sus vástagos y los recluyeron en un departamento. Pero ni un monitor ni un televisor reemplazan la interacción. EL juego es inherente al ser humano y la interacción lo es más. Los juegos frente una pantalla no nos permiten liberar emociones ni conocerlas en muchas casos. Ganar o perder, compartir, ser solidarios, competitivos, egoístas, emocionales, fraternos, son todas actitudes que tienen que ver con juegos de dos o más jugadores. Y nada de eso tienen muchos de los chicos de hoy.
        
No conozco la solución al problema. Creo que en muchos casos los efectos de esta generación de niños y jóvenes sin juegos son irreversibles. Sólo puedo sentir la inmensa satisfacción de haber tenido una niñez muy lúdica e interrelacionada, y desear que en el futuro los niños jueguen más juegos de equipo y se enojen menos frente al monitor de la computadora que les gana con las reglas que ellos mismos ponen.


Pueblo Libre, febrero del 2011
 

jueves, 13 de enero de 2011

¿Oe, en qué estas?


Por razones profesionales y de estudios a menudo me encuentro con ingenieros con los que hemos estudiado (o hemos coincidido) juntos en la universidad. Algunos de ellos por misteriosa razón la pegan de desmemoriados o peor aún, de ciegos que nada ven. Nunca me ha picado la curiosidad tanto como para preguntarles a que se deben sus cegueras repentinas, el vacío en sus memorias, la clamorosa evidencia de un pasado que los incomoda, o un presente en el que uno es un exceso. Sólo una vez me permití contradecir ese destino, y plantándome frente al amigo de mil batallas que ya ensayaba una retirada creyendo que no lo había visto, le dije, Hola. Así, con letras muy grandes y muy fuerte como para que no tratara más de eludir sus propias vergüenzas o las mías. No nos habíamos visto por 10 años y me pareció que si no hablaba no nos veríamos por 10 años más. Desde entonces he compartido con él tertulias muy amenas, algunas discusiones llenas de argumentaciones que ya no recuerdo y me sorprende como hemos construido una amistad nueva en base a hechos nuevos y no a rememorar el pasado.

                Pero lo que me sorprende más, son aquellos amigos que al encontrarse con uno, te estrechan la mano con la suya amaestrada y bastante profesional, y ensayan una sonrisa muy congelada, como pintada con las crayolas de la infancia, y hasta se yerguen un poco cuando por todo comentario le preguntan a uno, ¿Oe, y en qué estas?...Nunca he sabido responder esa pregunta, es más, ni siquiera la comprendo muy bien. ¿Es que se puede estar en algo? ¿En qué, en auto, en verano, en inglés? Cuando era pequeño y acompañaba a mi padre por las calles, a menudo él se encontraba con amigos, eran legión, que le daban un abrazo y preguntaban, ¿Hermano, como estas, que tal por la casa, todos bien? ¿Cómo está tu señora? Y mi padre les respondía de la misma forma, menudeaba una sonrisa sana, compromisos que se pactaban, visitas futuras, otro abrazo de despedida y muchos apretones de mano. Además me golpeaban la frente o la cabeza como caricia, y preguntaban ¿Tu hijo? Ah, ¿Cuantos tienes?...Luego nos despedíamos mientras yo intentaba darles una patada cariñosa de Adios  y todos a seguir caminando. Por eso me desconciertan estos amigos que me encuentro en la calle, o en algún recinto, o patio, o casa, y me disparan rápidamente, ritualmente, como quien no quiere la cosa, ¿Oe, y en que estas?
                A veces pienso que el ¿Oe, y en qué estás? de los ingenieros es como el “Habla, vas” de los cobradores de combi. Todo muy rápido y preciso, muy pragmático y efectivo, ni una palabra más, ni una menos. Vas o no vas, listo, chau. Qué familia ni ocho cuartos, estas o no, fin. 

                Pero el  ¿Oe, y en que estas? de los ingenieros (que sospecho no es sólo nuestro), tiene su más y su menos. Lo he conversado con otros amigos ingenieros y la escena se replica por todo el país en donde dos ingenieros se encuentran. Parece haber tres opciones, las únicas posibles. Junto con el apretón de manos viene una sincera curiosidad, en qué estas. Si estas en algo tu interlocutor te soporta un rato, ensaya una broma, te dice que debemos reunirnos y luego chau. Si estás bien, y estar bien para tu interlocutor es algo muy variado; trabajar en una transnacional, tener una empresa propia (lo cual no es garantía de nada), estar metido en el aparato del estado o en política, trabajar en una empresa TOP 500; repito, si estás bien, tu interlocutor esboza una gran sonrisa, rememora hechos que tú no recuerdas y él vivió junto a ti, y te da palmaditas en la espalda. Es más, puede sugerirte tomar unos tragos. Luego te pedirá teléfono,  e-mail, Blackberry, Facebook, y la tarjeta personal. En cambio si no puedes impresionar a tu interlocutor, después de la preguntita de marras, recordará eventos repentinos, compromisos importantes, reuniones de última hora, te dará un último apretón de manos muy fuerte como para que no sospeches nada, y de allí en más, como Pedro a Jesucristo, negará haberte conocido y no tres veces, sino todas las necesarias.
           
     Por eso no comprendo la preguntita. Extraño la época en que a mi padre lo saludaban con un abrazo y le preguntaban ¿Cómo estas? La época en que en el colegio nos saludábamos todos los días, con el cansancio de la repetición, pero sin el cálculo ni la urgencia de estos días y sí con el cariño sincero de los años de la ingenuidad y no importaba de donde veníamos ni a donde íbamos. Esta velocidad a la que vivimos nos resta trato. Esta necesidad de ascenso y éxito nos hace monotemáticos ¿En qué estas? ¿Me Sirves? “Aceptar” ¿No me sirves? “Cancelar”. Y tú lector ¿En que estás?



Pueblo Libre,  enero del 2011



lunes, 3 de enero de 2011

Adios a los Amigos Que Perdí


La idea me vino de pronto. Lo llamábamos Coco y era hermano menor de uno de los miembros de nuestra collera. Por ser menor lo mirábamos de lejos y hasta algo mal, como si esos dos o tres años que le llevábamos fueran un pecado de infantilismo. El era más amigo de los chicos y chicas de la otra cuadra, la 10 de Larco. Pero cuando después de tanto evitarlo, una tarde me asaltó la idea de conversar con él, como pocas veces obedecí sin preguntas al instinto y caminé los cien metros que separaban nuestras casas. Toqué la puerta y pedí hablar con él. Mi visita no le extrañó. Me hizo pasar a su sala y hablamos. El tiempo me ha hecho perder relación de los temas que tratamos. Recuerdo que hablamos de fútbol. Imagino que mencionamos el colegio. Conjeturo que repasamos a las chicas. Sé, que quince dias después el murió. Que fue triste y emotivo ver a tanta gente joven presente y llorando para despedir al amigo que partía.
                Me quedé con la tranquilidad de haber conversado con él. De haber derribado los orgullos infantiles tan duros a esa edad y haber además dado el primer paso. Aunque olvidé los temas de nuestro encuentro, recuerdo la sensación de estar conversando con un chico muy parecido a mí, con análogos temores, orgullos y deseos. Algo similar me ocurrió con Isabel. Ella era la hermana menor de unas amigas de la cuadra 10. También llevaban el pecado de ser menores y eso nos distanciaba; para peor, Isabel era menor que sus hermanas. Cuando la conocí debía andar por los 18. Llegué a la playa con mi prima y allí estaba ella. ¿Qué hacer?  !Sus hermanas eran odiosas¡ Pero otra vez el instinto me dijo, !Que diablos¡ !Habla¡ Y hablé. Tonterías que se habla a esa edad, cosas como qué haces, donde estudias, cómo te llamas. El diálogo fue corto y me dejó la impresión de estar conversando con una chica sencilla, que con un poco de esfuerzo una buena amistad era posible, que habíamos estado perdiendo el tiempo. Pero otra vez, tiempo fue lo que nos faltó. Retorné a Lima y unos días después supe que había muerto en un accidente de tránsito. No diré que no lo podía creer. Lo creí. Pero otra vez tuve la sensación de que algo andaba mal. De que nunca tenemos los amigos y amigas suficientes y de que el tiempo que les damos es inevitablemente corto. Nuevamente tuve el consuelo de haber conocido a Isabel y haber oído a mi instinto.  
                Diferente ocurrió con Iván. Habíamos estudiado juntos por ocho años. Su risa inundaba todos los ámbitos en que él estaba presente y a sus 19 años nos abandonó. Seis meses antes lo encontré en donde funcionaba la Ford en Trujillo. Me preguntó como estaba, bromeó mandándome donde su padre médico cuando respondí que andaba mal de los bronquios. Él estaba sano y bueno. Lo volví a encontrar 20 días antes de su muerte. Lo divisé caminando por Gamarra. Él no me vio. Al cruzarnos golpeé su estómago y él volteó a mirar. Me reconoció pero algo no estaba bien, no dijo nada. Días después el diario Satélite informó de su muerte cuando aún estaba vivo. Llamé a Jorge A. y me dijo que no había muerto, pero que esto era inevitable. Otra vez un mar juvenil acompañó a un joven al cementerio de Miraflores en Trujillo. A Iván no sólo lo queríamos quienes habíamos estudiado con él en San Juan. Lo querían todos los que lo conocían, lo querían, lo admiraban y lo amaban. Su muerte fue absurda. A pesar de lo intensa que había sido nuestra amistad siempre nos quedó la sensación de la falta, que de nada es demasiado, de que hay amigos de los que necesitamos más siempre. Ese saludo, ese golpe cariñoso en su estómago había sido nuestra despedida y otra vez tuve la sensación del deber cumplido.
                A Arturo M. jamás pude decirle Adiós. Se tomó demasiado en serio nuestros pleitos y los volvió una guerra. Éramos unos niños. Muchos años después de habernos visto por última vez, supe que había desaparecido piloteando un avión en la selva. Me pareció estar oyendo un cuento. Me quedó la sensación del deber incumplido, de no haber hecho bien la tarea, de no haber podido explicar a Arturo que nuestros juegos eran eso, de que los niños no se pelean.
                Pedro Suárez Vertiz lo dice en Talk Show, cierren su libro, digan Adiós si es necesario, no dejen líneas incompletas ni historias para el siguiente día. Yo digo, cada quien somos lo que son los demás. Algo de mi,  partículas mías viajan con cada uno de mis amigos. Algo de ellos viaja conmigo por donde voy. No decir Adiós es no despedirnos de nosotros mismos y no entender que un hombre es todos los hombres. Es no pensar en la finitud y esta nos ataca siempre, a la corta o la larga. Lo demás es ego, vanidad, temor.
            Le digo Adios a Arturo, el amigo con el que compartí mesa en quinto de primaria del Raimondi junto a Iván y otros. Digo Adios a los amigos del colegio, la universidad y el barrio, de los que nunca pude despedirme y se fueron. Y les digo gracias a todos los amigos y amigas con los que compartimos ámbitos y tiempo en nuestra niñez y juventud  y  les reitero la amistad, anden por donde anden. Siempre.


jueves, 9 de diciembre de 2010

El Mejor Amigo del Hombre - Parte 3


     Seguimos andando ya casi sin ganas, teníamos la caña buscada con nosotros, habíamos tenido algo de aventura, estábamos cansados. El primer perro que ladró a 40 metros diagonales de nosotros no llamó nuestra atención. Mil veces nos había ocurrido. Seguimos andando, un buen cañazo por la cabeza acabaría con él. Avanzamos 10 metros y detrás del primer perro aparecieron dos o tres más que empinando agudamente sus hocicos ladraron sin cesar. La gente puede oler el peligro, pero no la magnitud de éste. Contamos cuatro o cinco perros contra 10 o 12 chicos, más 35 metros de distancia y algunos proyectiles, y seguimos andando. A nuestro lado Nerón permaneció callado. Estábamos casi a 10 metros de alcanzar la ubicación perpendicular, más próxima a los perros, cuando estos se convirtieron en 9 ó 10, cuyos ladridos estallaban en nuestros oídos. Incluso algunos de ellos habían dado unos pasos hacia nosotros. Entonces caminamos con más prisa, el miedo nos invadió, no mirábamos hacia adelante sino hacia el costado izquierdo. Alcanzamos la posición más cercana y luego traspusimos tanta cercanía, seguimos avanzando para alejarnos de aquellos salvajes uno o dos metros más. De pronto algún perro, abandonó la jauría y corrió hacia nosotros. Entonces Pocho, que ya había preparado su huaraca, le disparó sin permiso de nadie. El perro eludió el proyectil, pero su impacto acicateo a sus congéneres. Entonces vimos como brincaban sobre sus patas acercándosenos, sin dejar de mostrar sus fauces como precipicios mortales llenos de espumas blancas. No lo pensamos dos veces, no alcanzaríamos a huir con nuestras piernas, aquello fue un sálvese quien pueda. La amistad, la prudencia, el honor, todo quedó de lado, éramos Turok contra los dinosaurios. Pero los perros estaban quizá a cinco metros de nosotros, cuando Nerón se interpuso entre aquella jauría, dándonos un tiempo invalorable para escapar. Ganamos la orilla y nos atrevimos a cruzar la acequia de un salto. Unos pasos y salto, al otro lado de la acequia, y esperar. Pero algo falló en mi, caí en medio del agua, mojado, frustrado y temeroso. El resto de chicos logró cruzar. Pedí ayuda a un primo que estaba a unos metros de mí. No hizo caso, o no me escuchó. La verdad, a mis espaldas una nube de polvo se movía como un remolino desplazándose de un lado a otro, mostrando de vez en cuando unos colmillos feroces divisados entre 10 cabezas o pelambres que se entreveraban unos con otros. Yo miraba a los chicos y ellos aquella nube. Sospecho que temían que los perros se atrevieran a saltar aquella acequia, entonces sí que sería el fin; pero yo, tan sólo temía que algún demonio ingresara al agua. A mis espaldas aquello era un infierno desatado y las dentelladas lucían como cuchillos de cocina cada vez más cerca de mí. En medio de aquella nube podíamos ver los rostros transfigurados de aquellos perros que parecían tiburones de tierra y no los mejores amigos del hombre, mordiendo, saltando, y atacando a Nerón. Un perro se desprendió del grupo y se acercó a la orilla ladrándome y mostrando los colmillos con espuma. Entonces miré a mi primo y dije con la seriedad de mis once años, para que oyeran todos, “¿me van a ayudar o no?”. No faltaría mas, podría resbalar pero saldría de allí aunque dejara las uñas en el cauce del agua, estaba decidido. Entonces mi primo sonrió y alargó un brazo. Incorporado ya en tierra firme sólo pude ver como aquella nube de polvo y mordiscos seguía desplazándose indetenible por la frontera de nuestra mirada. Arrojábamos piedras, gritábamos, casi ladrábamos ya, y aquellos demonios seguían mordiendo a Nerón. Nuestras piedras no parecían espantarlos y a decir verdad, temíamos que sólo los atrajéramos hacia nosotros. Entonces, por fin, salió una mujer de aquel rancho, llamó a gritos a sus perros que se retiraron sin dejar de ladrar, permitiéndonos por fin ver a Nerón. Aquello era indescriptible. Su pelaje amarillo mostraba innumerables manchas rojizas, piel en carne viva, sus orejas de por si caídas, estaban aplanadas y estaba revuelto, como acabado de lavar, pero sucio, enterrado y su alegría habitual era un solo de dolor. Sospecho que entonces quisimos tomarlo en nuestras manos y curarlo. Alfredo, su dueño, sólo pudo maldecir a los 10 demonios, y poniéndose a la cabeza de la marcha, reanudó nuestro andar. No decíamos nada. Mirábamos a aquel animal noble que se había jugado por nosotros y cada mordisco, cada sangre que cubría su piel y su mirada triste de hombre vencido, nos dolían en el fondo de nuestras almas de niños. Nada había que decir y nada dijimos. Éramos un cortejo fúnebre, silencioso, doliente. Llegamos a la avenida Industrial, y de allí caminamos derecho hasta tomar Larco. Entonces empezamos a dejar atrás el terror y caminamos con más prisa hasta las casas. Nerón había salido de muchas, saldría de ésta. En los siguientes días el can no quiso levantarse. Las heridas y la sangre que había perdido se lo impedían. Apenas si lograba dar unos pasos como un arrastarse sobre sí mismo. Aquella tristeza no lo abandonaba. Las pócimas, las curaciones, los mejores huesos, no hicieron efecto. Íbamos a visitarlo y al vernos escondía su cabeza entre sus patas delanteras. Las dentelladas no sólo habían herido la carne y ensangrentado el cuerpo y arrancado un pedazo de lomo; habían lastimado el alma de aquel perro generoso que no quería que le viéramos debilitado, tullido, triste. Unos días después murió.



                                                  Pueblo Libre, Diciembre del 2010


 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El Mejor Amigo del Hombre - Parte 2



Algo pasó aquella tarde. Quizás la falta de experiencia de los mayores que nos acompañaban y sabían poco de la vida, quizá el destino quiso jugarnos una mala pasada, quizá andábamos ganosos de meternos en problemas, no lo sé. El caso es que salimos pronto de los cañaverales y en lugar de retornar por el camino habitual y conocido, tomamos el camino de la derecha, como si nos dirigiéramos a la playa, al mar, pero a varios kilómetros de distancia de nuestras casas. Era un camino de tierra, amplio, por el que fácilmente pasaban dos autos. A la derecha teníamos una acequia de unos tres metros de espesor y más allá de ella las plantaciones de caña. A la izquierda habían algunas chacras y de cuando en cuando aparecían algunos ranchos. Yo reconocí de inmediato el entorno. Había estado allí hacia poco más de un mes con mi padre, en nuestro auto, buscando un lugar en donde almorzar. Cómo se le ocurriría a mi padre buscar que almorzar en un lugar tan agreste y olvidado del mundo, no lo sé, pero así era él. Aquella vez, en algún punto del camino una manada de perros chuscos y feroces había acompañado nuestro paso, yo los vi y las ganas de bajar del auto no vinieron conmigo. Esa vez almorzamos algunos metros más allá, en un rancho de cuyo nombre nunca me pude acordar. Pero ahora un Sol africano empezaba a menguar y nosotros íbamos por ese camino amplio y desconocido. Los mayores adelante, los menores después, Nerón cerrando la fila. Llevábamos algunas cañas con nosotros; las huaracas que siempre cargábamos por si se presentaba oportunidad de cazar; Alfredo, el mayor de todos, llevaba un cortaúñas del que había alabado sus virtudes escultistas.
         Nerón más que un perro era un pata del barrio. Innumerables veces se le había hecho pelear en los jardines de las casas contra otros perros: buldog, bóxer, pastor alemán. Algunas veces salía magullado, pero siempre con la moral intacta. No era presa fácil para nadie y le gustaba corretear a los autos que pasaban por la avenida. Su rival más encarnizado era un bóxer, de color café y músculos densos en todo su cuerpo. El dueño era un niño rico vecino nuestro que alguna vez había dicho, te juego, tu perro contra mi perro. El encuentro había sido veloz y rabioso. El bóxer pretendía morder el cuerpo de Nerón pero éste se escabullía y contraatacaba con sus patas y mostraba sus dientes de modo valiente. Finalmente se dieron un revolcón por todo el jardín y el bóxer se retiro y no quiso entrar más a ese ruedo en esa oportunidad. Nerón lo miraba con su lengua afuera, invitándolo a entrar, y ladraba, pero el otro nada. Así, cada perro que le ponían enfrente, los Cueva aceptaban chocarlos convencidos de que su perro triunfaría.
         Esa tarde las nubes llegaron intempestivamente. Algo de viento corrió silbando entre las cañas y el Sol ya no pudo brillar. Nosotros no leímos aquello como señal de que la suerte nos había abandonado. Apenas si nos preguntamos si debíamos regresar, pero ya no cabía caso, era más fácil seguir adelante y alcanzar el asfalto de la carretera Industrial, que retornar por ese camino polvoriento por el que habíamos venido.  Yo no pude distinguir nada, sólo sabía que en algún momento llegaríamos a ese rancho maldito. Secretamente esperaba que ya lo hubiéramos dejado atrás. Por eso me calle. Y porque éramos muchos, y hombres, y valientes...Continuará.

                                    De un rancho similar saldría la muerte