domingo, 20 de marzo de 2011

Fukushima. La Secuela.


                  Si bien en las últimas horas los equipos a cargo de la amenaza nuclear parecen haber conjurado el desastre, es imposible decir que el peligro se haya extinguido. En primer lugar porque aunque nadie lo alerta se ha impedido la fundición del núcleo (lo cual es bueno), pero aún, a hoy 19 de marzo, la radiación no se ha detenido si bien es baja. En segundo lugar porque las réplicas del  terremoto continúan ocurriendo y éstas podrían resquebrajar aún más las estructuras de los seis reactores nucleares de Fukushima. En tercer lugar porque se sigue luchando con un enemigo –el átomo- desconocido, que no se estará quieto siquiera cuando tenga un mausoleo de concreto cubriéndolo, y será una amenaza por los 24,000 años siguientes.

Enfriando los reactores a manguerazos: el último recurso
                 ¿Hay motivos para el optimismo? Claro, y mucho. El gobierno japonés luego de sus veleidades  iniciales ha debido confirmar el hallazgo de partículas de Yodo radiactivo en el agua potable de Tokio y otras ciudades. Han añadido que las dosis radiactivas son inferiores a los límites legales. ¿Les creemos? También reconoce el gobierno haber hallado altos niveles radiactivos en la leche, espinaca y otros productos agrícolas en torno a Fukushima. ¿Sólo Fukushima? Si tenemos en cuenta que la radiación ya fue detectada en California luego de viajar 8,000 kilómetros, ¿De que hablamos? Por cierto, la radiación es llevada por los vientos dentro del respectivo hemisferio, por ello en el hemisferio sur no habrá que preocuparse demasiado, pero el hemisferio norte, específicamente EEUU, ya agotó las provisiones de pastillas de Yodo en sus almacenes.

                El gran problema, casi tan grave como los reactores nucleares, es que los japoneses usan y abusan del Tate Mae, que básicamente consiste en ocultar la verdad, para ser amables. Algo similar  (pero elevado a todo orden de cosas) a lo que ocurre en occidente cuando confesado el amor por una fémina ella responde con el clásico “Te quiero como amigo”, o la más reciente “No eres tú, soy yo” al romper una relación. Para los japoneses un “Lo pensaremos” en el ámbito de negocios, es en verdad “No insista, no nos interesa”. De allí a que los gobernantes nipones oculten a sus ciudadanos y al mundo entero la información, hay un solo paso. Ya sabemos que el primer ministro Naoto Kan increpo a Tepco “¿Qué diablos está pasando?” cuando se enteró que la compañía había demorado una hora en informarle de las explosiones en los reactores.

Presidente de TEPCO estalla en llanto luego de conferencia
                   Cabe preguntarse que pasó con los manifestantes antinucleares de las décadas de los 70s y 80s del siglo pasado. Con éxito diverso en sus reclamos, tras la caída de la URSS colgaron sus pancartas y tuvieron hijos y nietos. Los hijos se convirtieron en Yupis y renegaron de sus padres; y los nietos, los Alex Keaton tardíos de nuestros días, están convertidos en esos jóvenes embobados, generación “chuchería electrónica”, que mira con desconfianza las pancartas de sus abuelos que condenaron el horror nuclear; mientras machucan sus IPODS, sus Blackberrys, y se mandan Twits contándose todo, hasta los bostezos. En tanto los gobiernos que los abuelos combatieron son los mismos y juegan a ser dioses con peligro para todos.

                Este desastre japonés nos deja lecciones. Los gobiernos que la pegan de poderosos pueden ser rebasados en dos por tres por la naturaleza y dejarlos mal parados. El estado de bienestar de las naciones ricas puede desplomarse en abrir y cerrar de ojos y convertir a un pueblo de privilegios en uno del tercer o cuarto mundo al menos temporalmente.  Ver a los japoneses tratando de apagar la central nuclear a baldazos de agua es chocante cuando imaginábamos que tendrían todo controlado y lucharían con cosas automáticas controladas por botones y robots.También inspira una reflexión la disciplina que muestran ante la pérdida de todo o casi todo.

                Si en las sociedades antiguas los guerreros probaban su valor devorando el corazón del enemigo o bebiendo su sangre, nuestra sociedad civilizada pasará en los siguientes meses (o años) por una prueba similar. Cada vez que ingiramos un alimento o bebida, deberemos preguntarnos si este estuvo o no expuesto a la radiación, o si fue irrigado con agua contaminada. Hasta Popeye deberá desconfiar de las espinacas. 


Pueblo Libre, marzo del 2011


miércoles, 16 de marzo de 2011

De la Sociedad de Consumo a la Sociedad del Terror: Fukushima


                De necesitar un auto pasamos a necesitar la 4 x 4, y de esta a necesitar una Hammer. De necesitar la casa, pasamos a necesitar la otra, luego la casa de playa, el departamento caro. De necesitar alimentarnos pasamos a necesitar comer en la calle, y después a comer con Gastón, de lujo.
                Responder a nuestras banalidades ha llevado a la sociedad de consumo a  construir centrales nucleares para generar electricidad entre otras cosas. En el accidente de Chernóbil murieron miles de personas pero fueron muchos más los que pudieron morir. El gobierno ruso minimizó el incidente en las primeras horas optando por el silencio para no producir pánico en su población. Mientras eso ocurría la nube radiactiva daba la vuelta al planeta. Se calcula que alcanzó a dar tres vueltas completas al mismo.
                Sellar la central nuclear de Chernóbil no fue fácil. Este propósito exige llegar a la misma, “meterse en ella”, y cubrirla con un sarcófago de concreto o piedra que lo selle e impida la fuga. El problema es que quien se mete en la radiación para sellarla morirá inevitablemente y nadie quiere morir. En Chernóbil se usaron 700,000 liquidadores, personas que sin mayores armas que una plancha de plomo en el pecho trataban de cubrir la fuga. La mortandad fue mayúscula pese a que sólo se enfrentaban a la radiación por 3 minutos, tiempo permitido para “evitar” que mueran. Se calcula que más de 8,000 murieron inmediatamente. Entre los primeros que enfrentaron esta misión estuvieron los soldados y campesinos soviéticos, verdaderos héroes que entregaron sus vidas por la humanidad.

 El enlace muestra un video que puede herir susceptibilidades
                
              Es imposible cuantificar los efectos del accidente de Chernóbil. Desde el envenenamiento del agua y la leche que mataron por ingestión a muchos miles, pasando por sucesos extraños como las “vacas locas” y el nacimiento muchos años después del accidente de niños con deformaciones físicas monstruosas.
                No es pues fácil sellar una central nuclear, ni es cierto que se pueda “tener el control” cuando ocurren explosiones, como los japoneses han querido hacer creer. Producida la fuga radiactiva la nube atacaría no sólo a Japón, rodearía el planeta. La radiación no se ve ni se huele, ni se siente. En estos momentos los cuatro reactores nucleares de Fukushima o tienen problemas o han explotado. Ya la tragedia es innegable. En Chernóbil el problema fue un reactor nuclear, en Fukushima son cuatro.  Y lo peor, Japón sigue temblando. Un movimiento fuerte  ú otro terremoto desencadenaría una desgracia atómica.  Cabe preguntarse si los 50 ingenieros japoneses podrán hacer lo que en la URSS se llevó la vida de miles. Ojala.

Explosión en la central nuclear de Fukushima
                 Cambiar la sociedad de consumo que ahora parece el único modelo imaginable de vida, parece ser una neurosis, pero a través de terremotos como los de Japón, Chile, Haití, China; y tsunamis como los de Japón e Indonesia, la tierra parece estar hablando cada vez más alto acerca de nuestra forma de vida. Según el Foro Mundial de la Naturaleza la humanidad ya consume el 50% más de lo que la tierra genera, añadiendo que un estadounidense consume 6 veces lo que un africano; de seguir el ritmo de consumo actual, para el 2,030 necesitaremos 2 planetas. Viviremos según el mismo modelo, pensando que la desgracia es de los otros, hasta que la tierra nos de muestras inequívocas de que andamos errados en el camino del consumo desproporcionado y loco, que los medios ligan con el mundo libre y la democracia en tremenda hipocresía. 


Pueblo Libre,  marzo del 2011





viernes, 11 de marzo de 2011

Recuerdos de Familia

                Uno descubre que está hecho de recuerdos. No somos espíritu, ni huesos vestidos de carne. Somos el recuerdo del segundo anterior, y el de los 40 años atrás. Yo recuerdo un terremoto en la ciudad y el miedo consiguiente, una escuela de mentira con una prima profesora, y un colegio (amarillo) de verdad al que fuimos todos los varones de esos años. Recuerdo como cosa escueta, un telegrama, unos años difíciles, una casa de palomas, una abuela, unos hermanos y unos primos.
                Cuando uno viene no elige a la familia. Esta le toca en suerte como cuando lanzas unos dados. Abres los ojos y ya están allí. Te toman en brazos, le dicen a mamá, “es un hombrecito”, y una cachetada para llorar. Papá, mamá y hermanos. Luego la familia crece. Hay abuelos, tíos, primos, más tíos,  más primos. Tuve una abuela a la que le bastaba una palabra para inventar una cura a nuestros males. Sean del cuerpo o del alma, allí estaba ella. Jamás los nietos le dijimos Mamá ni mamama (que huachafería), como hacen los chicos de ahora para no decir abuela a sus abuelas, pero vaya que nuestra abuela era una mamá.
                Mis hermanos eran difíciles. Un día se llevaron mi bicicleta y la trajeron partida en dos. Tenían sus amigos y me dejaron tener los míos, elegir mi propio camino. Un día se casaron  y se volvieron gente de bien. Tuve (tengo) una hermana, independiente y complicada que también se volvió gente de bien y creó una familia hermosa, como el otro y el otro. Tuvimos (tenemos) unos primos. Recuerdo una prima mayor que armó la escuela en el cuarto del fondo de su casa a los doce años, con dos alumnos indisciplinados. Yo era uno y el otro un primo con el que nos sentábamos al pedal de la máquina de coser de la abuelita y soñábamos que la rueda del pedal era el timón de nuestro auto y éramos tan pequeños que nos bañaban en tinas plásticas hasta arrugarse nuestra piel y los juguetes de goma no querían ahogarse ni quedarse en los fondos de aquellos mares de mentiras. Era lindo. Al salir nos cubrían con toallas calientes, nos vestíamos y a jugar otra vez.
                Los primos varones nos íbamos de aventuras. Una mañana nos fuimos a la playa y caminamos hacia el Sur, tanto que pensamos estar llegando al autentico fin del mundo, encontramos un lago tan grande como el Titicaca, mucha arena y peces, estábamos perdidos pero hallamos  el camino. Otras veces trepábamos el cerro Pesqueda, eso era cuando íbamos a casa del abuelo y la familia se agrandaba con otras tías tan jóvenes como nosotros. Los primos éramos como los Mosqueteros, todos para uno, uno para todos. De tanto mirarnos nos queríamos y nos aborrecíamos, pero al final del día cada uno sabía en donde estaban todos. Después el abuelo trajo a la familia a vivir al lado de nuestras casas y fuimos aún más. Abuelo, abuela, primos, hermanos, amigos, tremenda familia. En navidades íbamos de una puerta a otra saludando a la familia, a los vecinos, a todos. El abuelo compraba regalos para sus nietas mujeres y a los varones sólo nos quedaba silbar pero jamás una queja ni una envidia. En la niñez los primos siempre estuvimos en los cumpleaños de los primos. Hasta que se terminó.      
                Por eso digo que somos cofres de recuerdos. Sin importar por que caminos andemos, nuestros recuerdos van a cuestas. Principalmente recuerdo de nuestros primeros años, la primera música, la primera escuela, los hermanos, los primos, los abuelos. Del recuerdo venimos y en recuerdo nos convertiremos. Gracias familia.


Pueblo Libre, marzo del 2011


P.S. Espero terminar pronto estos temas. La idea era un blog político y se ha convertido en un anecdotario.  

 

sábado, 5 de febrero de 2011

Uno y Mil Juegos


Guaraca

En un post anterior he mencionado que para nosotros, los chicos de la 9 de Larco, la vida era una empresa variada y fascinante. Y es verdad. Del tiempo transcurrido entre mis diez y once años, sólo recuerdo los juegos. Jugábamos a ser cazadores con nuestras guaracas apuntando hacia latas de leche, botellas, roedores, y otros animales (cosa que hoy deploro). Jugábamos a ser pescadores en acequias cristalinas que hospedaban las carnadas mientras nosotros caminábamos hasta los jardines del Golf y  Country Club, a seguir jugando. Invadíamos el San José y el Claretiano para desafiar a los pituquitos a jugar al fútbol, Íbamos a la playa a jugar pelota en la arena y comer Turrón (el nuestro, el anaranjadito). Montábamos bicicleta y recorríamos el distrito como una verdadera Patrulla Juvenil. En la avenida Industrial confiscábamos Caña de Azúcar con un mecanismo inimaginable desde los trailers que la transportaban. ¿De donde salía tanto tiempo? En primer lugar del hecho de que no tenía que estudiar los cursos. Asistía a clases y la memoria me permitía responder los exámenes, orales o escritos, sin vivir recluido en casa. En segundo lugar, del método competitivo que para enseñarnos las materias tenía el profesor César Romero. Así, hasta las clases eran un juego interesantísimo. Pero como no estábamos contentos con nada, al interior de la familia inventamos un par de juegos que nunca salieron del seno de la misma (entiéndase por familia a mis hermanos y primos).

         Teníamos dos patios divididos por un muro de aproximadamente 1.80 metros de altura. El juego consistía en elevarse y descolgar el balón (estaba prohibido el mate) en el otro patio. El defensor debía evitar que el balón pegara en el piso y el atacante debía hacer que el balón diera en él. Con 15 puntos se ganaba. La altura del muro cegaba tanto al atacante como al defensor. Por donde vendría el ataque y en donde estaba la defensa, era un verdadero misterio. Era como un vóley, pero despacio y a ciegas y lo jugábamos con mucha honestidad.

         Otro juego que inventamos y jugamos durante algún tiempo fue Las Propagandas. Consistía en adivinar que propaganda se presentaría en la TV en cada instante durante las respectivas tandas. Puesto que sabíamos que propagandas estaban en boga, adivinar era posible. Eran los tiempos de “Pide Soda Día”, o “Todos se toman mi Cerelac, me voy...¿Qué estas haciendo diablito?”. Y por supuesto, la mítica “Pásame la Manty”.

         Otro juego pre-cubo mágico para rompernos la paciencia fue BOLERO. Consistía de un pequeño madero de unos doce centímetros de largo, en cuya punta adelgazada como un lapicero debía ensartarse una bola de madera que tenia un orificio para ese propósito. El concepto era simple, pero tener éxito jugándolo no era sencillo. El cubo mágico fue un salto tecnológico considerable, un juego para “inteligentes”. Hasta se hicieron concursos en la TV y todo. Pero básicamente cada actividad era lúdica. Por supuesto habíamos jugado años antes las Escondidas, La Lleva, Bata, Botella Borracha, Teléfono Malogrado, Matagente. Y los varones en exclusiva jugábamos Bolitas, Trompo, Run-Run, Yo-yo, etc.

Bolero
          Mi impresión es que un niño que juega será un niño feliz. Pero el juego debe implicar la interrelación, la posibilidad de gozar, reír, llorar, emocionarse, hacer más ricos los procesos, desarrollar habilidades de diversos tipos logrando además canalizar energías que de otro modo se pueden expresar violentamente.

         Por eso cuando veo chicos muy jóvenes con sus rostros amargados, respondiendo preguntas llenos de ira, creyendo que el mundo está contra ellos, me pregunto si no es carencia de lo lúdico la raíz del problema. Hay generaciones de niños y jóvenes que han crecido casi sin interacción social, cuya única experiencia de juegos ha sido frente al monitor de la PC o de la TV. Fueron reducidos a ello por padres muy trabajadores que no tenían tiempo para jugar con sus hijos, o por la violencia de las calles de la que querían proteger a sus vástagos y los recluyeron en un departamento. Pero ni un monitor ni un televisor reemplazan la interacción. EL juego es inherente al ser humano y la interacción lo es más. Los juegos frente una pantalla no nos permiten liberar emociones ni conocerlas en muchas casos. Ganar o perder, compartir, ser solidarios, competitivos, egoístas, emocionales, fraternos, son todas actitudes que tienen que ver con juegos de dos o más jugadores. Y nada de eso tienen muchos de los chicos de hoy.
        
No conozco la solución al problema. Creo que en muchos casos los efectos de esta generación de niños y jóvenes sin juegos son irreversibles. Sólo puedo sentir la inmensa satisfacción de haber tenido una niñez muy lúdica e interrelacionada, y desear que en el futuro los niños jueguen más juegos de equipo y se enojen menos frente al monitor de la computadora que les gana con las reglas que ellos mismos ponen.


Pueblo Libre, febrero del 2011
 

jueves, 13 de enero de 2011

¿Oe, en qué estas?


Por razones profesionales y de estudios a menudo me encuentro con ingenieros con los que hemos estudiado (o hemos coincidido) juntos en la universidad. Algunos de ellos por misteriosa razón la pegan de desmemoriados o peor aún, de ciegos que nada ven. Nunca me ha picado la curiosidad tanto como para preguntarles a que se deben sus cegueras repentinas, el vacío en sus memorias, la clamorosa evidencia de un pasado que los incomoda, o un presente en el que uno es un exceso. Sólo una vez me permití contradecir ese destino, y plantándome frente al amigo de mil batallas que ya ensayaba una retirada creyendo que no lo había visto, le dije, Hola. Así, con letras muy grandes y muy fuerte como para que no tratara más de eludir sus propias vergüenzas o las mías. No nos habíamos visto por 10 años y me pareció que si no hablaba no nos veríamos por 10 años más. Desde entonces he compartido con él tertulias muy amenas, algunas discusiones llenas de argumentaciones que ya no recuerdo y me sorprende como hemos construido una amistad nueva en base a hechos nuevos y no a rememorar el pasado.

                Pero lo que me sorprende más, son aquellos amigos que al encontrarse con uno, te estrechan la mano con la suya amaestrada y bastante profesional, y ensayan una sonrisa muy congelada, como pintada con las crayolas de la infancia, y hasta se yerguen un poco cuando por todo comentario le preguntan a uno, ¿Oe, y en qué estas?...Nunca he sabido responder esa pregunta, es más, ni siquiera la comprendo muy bien. ¿Es que se puede estar en algo? ¿En qué, en auto, en verano, en inglés? Cuando era pequeño y acompañaba a mi padre por las calles, a menudo él se encontraba con amigos, eran legión, que le daban un abrazo y preguntaban, ¿Hermano, como estas, que tal por la casa, todos bien? ¿Cómo está tu señora? Y mi padre les respondía de la misma forma, menudeaba una sonrisa sana, compromisos que se pactaban, visitas futuras, otro abrazo de despedida y muchos apretones de mano. Además me golpeaban la frente o la cabeza como caricia, y preguntaban ¿Tu hijo? Ah, ¿Cuantos tienes?...Luego nos despedíamos mientras yo intentaba darles una patada cariñosa de Adios  y todos a seguir caminando. Por eso me desconciertan estos amigos que me encuentro en la calle, o en algún recinto, o patio, o casa, y me disparan rápidamente, ritualmente, como quien no quiere la cosa, ¿Oe, y en que estas?
                A veces pienso que el ¿Oe, y en qué estás? de los ingenieros es como el “Habla, vas” de los cobradores de combi. Todo muy rápido y preciso, muy pragmático y efectivo, ni una palabra más, ni una menos. Vas o no vas, listo, chau. Qué familia ni ocho cuartos, estas o no, fin. 

                Pero el  ¿Oe, y en que estas? de los ingenieros (que sospecho no es sólo nuestro), tiene su más y su menos. Lo he conversado con otros amigos ingenieros y la escena se replica por todo el país en donde dos ingenieros se encuentran. Parece haber tres opciones, las únicas posibles. Junto con el apretón de manos viene una sincera curiosidad, en qué estas. Si estas en algo tu interlocutor te soporta un rato, ensaya una broma, te dice que debemos reunirnos y luego chau. Si estás bien, y estar bien para tu interlocutor es algo muy variado; trabajar en una transnacional, tener una empresa propia (lo cual no es garantía de nada), estar metido en el aparato del estado o en política, trabajar en una empresa TOP 500; repito, si estás bien, tu interlocutor esboza una gran sonrisa, rememora hechos que tú no recuerdas y él vivió junto a ti, y te da palmaditas en la espalda. Es más, puede sugerirte tomar unos tragos. Luego te pedirá teléfono,  e-mail, Blackberry, Facebook, y la tarjeta personal. En cambio si no puedes impresionar a tu interlocutor, después de la preguntita de marras, recordará eventos repentinos, compromisos importantes, reuniones de última hora, te dará un último apretón de manos muy fuerte como para que no sospeches nada, y de allí en más, como Pedro a Jesucristo, negará haberte conocido y no tres veces, sino todas las necesarias.
           
     Por eso no comprendo la preguntita. Extraño la época en que a mi padre lo saludaban con un abrazo y le preguntaban ¿Cómo estas? La época en que en el colegio nos saludábamos todos los días, con el cansancio de la repetición, pero sin el cálculo ni la urgencia de estos días y sí con el cariño sincero de los años de la ingenuidad y no importaba de donde veníamos ni a donde íbamos. Esta velocidad a la que vivimos nos resta trato. Esta necesidad de ascenso y éxito nos hace monotemáticos ¿En qué estas? ¿Me Sirves? “Aceptar” ¿No me sirves? “Cancelar”. Y tú lector ¿En que estás?



Pueblo Libre,  enero del 2011



lunes, 3 de enero de 2011

Adios a los Amigos Que Perdí


La idea me vino de pronto. Lo llamábamos Coco y era hermano menor de uno de los miembros de nuestra collera. Por ser menor lo mirábamos de lejos y hasta algo mal, como si esos dos o tres años que le llevábamos fueran un pecado de infantilismo. El era más amigo de los chicos y chicas de la otra cuadra, la 10 de Larco. Pero cuando después de tanto evitarlo, una tarde me asaltó la idea de conversar con él, como pocas veces obedecí sin preguntas al instinto y caminé los cien metros que separaban nuestras casas. Toqué la puerta y pedí hablar con él. Mi visita no le extrañó. Me hizo pasar a su sala y hablamos. El tiempo me ha hecho perder relación de los temas que tratamos. Recuerdo que hablamos de fútbol. Imagino que mencionamos el colegio. Conjeturo que repasamos a las chicas. Sé, que quince dias después el murió. Que fue triste y emotivo ver a tanta gente joven presente y llorando para despedir al amigo que partía.
                Me quedé con la tranquilidad de haber conversado con él. De haber derribado los orgullos infantiles tan duros a esa edad y haber además dado el primer paso. Aunque olvidé los temas de nuestro encuentro, recuerdo la sensación de estar conversando con un chico muy parecido a mí, con análogos temores, orgullos y deseos. Algo similar me ocurrió con Isabel. Ella era la hermana menor de unas amigas de la cuadra 10. También llevaban el pecado de ser menores y eso nos distanciaba; para peor, Isabel era menor que sus hermanas. Cuando la conocí debía andar por los 18. Llegué a la playa con mi prima y allí estaba ella. ¿Qué hacer?  !Sus hermanas eran odiosas¡ Pero otra vez el instinto me dijo, !Que diablos¡ !Habla¡ Y hablé. Tonterías que se habla a esa edad, cosas como qué haces, donde estudias, cómo te llamas. El diálogo fue corto y me dejó la impresión de estar conversando con una chica sencilla, que con un poco de esfuerzo una buena amistad era posible, que habíamos estado perdiendo el tiempo. Pero otra vez, tiempo fue lo que nos faltó. Retorné a Lima y unos días después supe que había muerto en un accidente de tránsito. No diré que no lo podía creer. Lo creí. Pero otra vez tuve la sensación de que algo andaba mal. De que nunca tenemos los amigos y amigas suficientes y de que el tiempo que les damos es inevitablemente corto. Nuevamente tuve el consuelo de haber conocido a Isabel y haber oído a mi instinto.  
                Diferente ocurrió con Iván. Habíamos estudiado juntos por ocho años. Su risa inundaba todos los ámbitos en que él estaba presente y a sus 19 años nos abandonó. Seis meses antes lo encontré en donde funcionaba la Ford en Trujillo. Me preguntó como estaba, bromeó mandándome donde su padre médico cuando respondí que andaba mal de los bronquios. Él estaba sano y bueno. Lo volví a encontrar 20 días antes de su muerte. Lo divisé caminando por Gamarra. Él no me vio. Al cruzarnos golpeé su estómago y él volteó a mirar. Me reconoció pero algo no estaba bien, no dijo nada. Días después el diario Satélite informó de su muerte cuando aún estaba vivo. Llamé a Jorge A. y me dijo que no había muerto, pero que esto era inevitable. Otra vez un mar juvenil acompañó a un joven al cementerio de Miraflores en Trujillo. A Iván no sólo lo queríamos quienes habíamos estudiado con él en San Juan. Lo querían todos los que lo conocían, lo querían, lo admiraban y lo amaban. Su muerte fue absurda. A pesar de lo intensa que había sido nuestra amistad siempre nos quedó la sensación de la falta, que de nada es demasiado, de que hay amigos de los que necesitamos más siempre. Ese saludo, ese golpe cariñoso en su estómago había sido nuestra despedida y otra vez tuve la sensación del deber cumplido.
                A Arturo M. jamás pude decirle Adiós. Se tomó demasiado en serio nuestros pleitos y los volvió una guerra. Éramos unos niños. Muchos años después de habernos visto por última vez, supe que había desaparecido piloteando un avión en la selva. Me pareció estar oyendo un cuento. Me quedó la sensación del deber incumplido, de no haber hecho bien la tarea, de no haber podido explicar a Arturo que nuestros juegos eran eso, de que los niños no se pelean.
                Pedro Suárez Vertiz lo dice en Talk Show, cierren su libro, digan Adiós si es necesario, no dejen líneas incompletas ni historias para el siguiente día. Yo digo, cada quien somos lo que son los demás. Algo de mi,  partículas mías viajan con cada uno de mis amigos. Algo de ellos viaja conmigo por donde voy. No decir Adiós es no despedirnos de nosotros mismos y no entender que un hombre es todos los hombres. Es no pensar en la finitud y esta nos ataca siempre, a la corta o la larga. Lo demás es ego, vanidad, temor.
            Le digo Adios a Arturo, el amigo con el que compartí mesa en quinto de primaria del Raimondi junto a Iván y otros. Digo Adios a los amigos del colegio, la universidad y el barrio, de los que nunca pude despedirme y se fueron. Y les digo gracias a todos los amigos y amigas con los que compartimos ámbitos y tiempo en nuestra niñez y juventud  y  les reitero la amistad, anden por donde anden. Siempre.