jueves, 10 de noviembre de 2011

Dia 2: De Pozuzo al Codo del Pozuzo.


Chabela, viajera de Santa Rosa
 Hemos salido de Pozuzo la mañana del martes. He recorrido brevemente el pueblo antes de partir. Como el día anterior, al caminar entre calles muy limpias y ordenadas observando las montañas tan próximas que rodean al pueblo, es sorprendente la sensación de libertad, de despreocupación, de plenitud que se tiene. Quizás a esto se refirió Betzabeth cuando dijo que esta tierra era un paraíso. En fin. Para el viaje hacia Codo deseché la combi y elegí una camioneta con cabina, en el sector de la tolva, de frente a todo, como DiCaprio en el Titanic. Eso me permitirá tener una perspectiva diferente del paisaje a la que tendría viajando bajo techo. La mañana está pletórica de Sol. Entre los pasajeros de la tolva hay una niña de quince años que por su estatura parece mayor. Se llama Chabela y tiene unos ojos verdes y el cabello bastante rubio. Ha preguntado de donde soy y al responderle no oculta su sorpresa y me dice que el 4 de noviembre estará en Trujillo en viaje de promoción. Y por qué Trujillo, le digo. ¿Por qué no Lima o Cusco? Lima no tiene nada de bueno, y ya lo conocemos, responde, y al Cusco nadie lo mencionó en el aula. Nuestra coordinadora conoce Trujillo y dice que es una ciudad bonita. Chabela es de Santa Rosa, un caserío de postal a once kilómetros de Pozuzo. Desde allí partieron los fundadores del Codo del Pozuzo en 1,967. 


Caserío de Santa Rosa
                El camino dura aproximadamente 3 horas. Buena parte del trayecto es muy similar al que existe entre Oxapampa y Pozuzo. La misma flora, los mismos árboles majestuosos, la montaña más majestuosa aún y la misma densidad de vegetación cubriéndolo todo. También el inmovilismo que da la sensación de tierra virgen, inexplorada jamás, sin huellas dactilares humanas nunca. Pero luego de una hora y media es notorio que la tierra se ha vuelto arcillosa y ha adquirido una coloración de un marrón rojizo muy intenso. Y las montañas subrepticiamente han descendido sus dimensiones. Las caídas de agua persisten y el río jamás abandona nuestro trayecto. El clima sí es diferente. Entre Oxapampa y Pozuzo tuvimos sectores de lluvia y frío. Ahora en cambio el clima está cálido y soleado, quizás demasiado pues he quemado mis brazos rápidamente y el rostro no es excepción.

Edificación en Chamorro
                He puesto atención al momento en que lleguemos a Chamorro, o a lo que tres años antes me dijeron que era Chamorro. El lugar en donde se iniciaba el viaje en moto, cuando aún no existía la carretera afirmada por la que hoy viajamos. Ese viaje en moto fue una aventura aparte, llegué hecho un barro y con jirones de sangre en mi piel, pero contento, esa primera vez. Ahora, cuando llegamos al supuesto Chamorro observo un conjunto de edificaciones y casas, algo distinto a la casa blanca en forma de L que yo recordaba, o la casa no está más o la cambiaron la prosperidad y el tiempo. He atisbado algo de ella en otra, un pliegue, un muro, algún árbol del jardín interior. Nada seguro.

Vista de Chamorro
                En algunos puntos del camino suben pasajeros nuevos para viajes muy cortos. Nadie pacta precios, si levantan la mano se les hace subir y al momento de bajar acuerdan el valor del viaje. Nadie desconfía y los acuerdos son justos. El conductor es un muchacho muy joven y muy delgado. Es amable con todos y todos con él. 

                En un momento me ha parecido ver el cerro Huanca, un coloso muy empinado y muy verde con forma de cuchillo, parecido al Huayna Picchu cusqueño. Trato de fotografiarlo, pero ya no tendré la perspectiva necesaria, los vaivenes del viaje me azotan contra los lados de la camioneta y es difícil conservar la estabilidad. 


                Finalmente aparece ante nosotros un puente pintado de un color naranja muy visible, es el puente Codo, inaugurado recién un mes y medio antes y que junto al puente Alacrán y el puente Cocina, hacen posible que la comunicación sea más fluida e ingresen vehículos de mayor envergadura a Codo. El puente no lleva placas inaugurales ni de Alan ni de nadie. De aquí en adelante el viaje es coser y cantar. Dejamos atrás los cerros y corremos por una llanura inmensa plagada de ranchos en los cuales es común observar ganado pastando. Hasta llegar a la estación de transportes. Codo del Pozuzo es un pueblo pequeño en el que parece imposible perderse y sus edificaciones son mayoritariamente de madera y eternit. 
Vista de Codo del Pozuzo
 Al fin estoy aquí. Uno cree que se va para siempre de algún lugar, pero no se va nunca, retorna atraído por la aventura,  los afectos y los misterios que no pudo desentrañar la primera vez, como el viaje de los fundadores en 1967 a través de la selva, los que emularon en fondo y forma el viaje de 1859. 

Dia 2. Codo del Pozuzo, 25 de octubre del 2011 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Maria Egg – La persona

Maria Egg Nació cuando Pozuzo era aún un pueblo aislado en la selva central peruana y transcurría lo que se ha llamado los Ciento veinte años de Soledad. En esos tiempos no existía la carretera que hoy une al pueblo con Oxapampa y constituían una isla de difícil acceso. Vivían de la agricultura y la ganadería para el autoconsumo. La gente debía fabricar y crear todo lo que necesitaba, desde una silla hasta una casa. Fue una vida muy dura. Maria Egg opina que  ello “Nos preparó para la vida”.

María Egg en un momento de la conversación
 A las cinco de la tarde he ingresado al albergue de Frau Maria Egg y la he encontrado trabajando en sus jardines. A pesar de que no me conoce me recibe con la cordialidad de quien me conociera. Es una mujer amable y delgada que habla en un castellano muy puro. Hemos tomado asiento en la zona común del albergue, presidida por la escultura de un toro, recuerdo de la época en que la familia estaba dedicada a la ganadería.  

                “Las mujeres aprendíamos de todo”. Me cuenta cuando le pregunto por los años difíciles. “Cocinar, planchar, coser, atender la huerta, picar leña. Todas las cosas de la casa pero también las cosas del campo. Si faltaban manos y debíamos cortar leña o ayudar en la chacra lo hacíamos.  Llevábamos los alimentos a nuestros hermanos a la chacra. Hasta el refresco llevábamos, pues ellos no lo cargaban cuando salían por la mañana”. "A los catorce o quince años yo sabía todo y debíamos atender una casa de 20 personas". Quizás por eso ahora que dejó de ser una chiquilla, atiende a muchas personas con la misma vitalidad de esos años. “Me gusta lo que hago” responde cuando le menciono su habilidad para ese trabajo. Después le pregunto por el castellano tan bien hablado que le escucho a ella y a otras personas del pueblo. Se excusa elegantemente dando el mérito a otros. “En el colegio nos exigían mucho la buena pronunciación. Querían que uno aprenda a hablar bien”. La lengua materna de María es un dialecto alemán que hablan pocas personas en el mundo. 

                La tarde va cayendo y en el ambiente se percibe una armonía que emana de la vegetación y el sonido del campo. Le pregunto a  doña María cómo hacían con las enfermedades en los años del enclaustramiento, cuando no había ni una posta médica. “Yo creo que sobrevivían los más fuertes” responde. Recuerda haber sido muy niña aún, estar tal vez en los dos años, cuando en la casa familiar velaban a una hermanita menor a la cual hallaron inerte en su cuna. “Es mi recuerdo más antiguo” explica. Otro hecho doloroso fue el fallecimiento de su hermano Gaspar. “Nos atacó el sarampión cuando yo tenía 10 años. Hemos estado una semana en cama. Yo mejoré y cuando estábamos saliendo de la enfermedad, a él se le complicó en una poliomielitis. A los 20 dias murió”. Otro niño, un primo, sufrió quemaduras en su cuerpo y sólo quedó esperar su muerte, porque “sacarlo a través de Cerro de Pasco era imposible, hubiera muerto igual”. Fueron años heroicos que debieron vivir todos los Pozucinos de la generación de María Egg y los anteriores.

                "La navidad sólo era el servicio religioso, la misa" responde cuando le pregunto si tienen alguna forma diferente de celebración. Después llegó el panetón y el chocolate, ambos elementos de los que ella gusta. Puede prescindir de todo pero no de estos. Reflexiona que la celebración se ha vuelto muy comercial y se ha perdido la esencia de la misma. 

Con la carretera Oxapampa-Pozuzo construida a mediados de los setenta, llegaron algunas cosas, el turismo incipiente y más comercio, pero otras se fueron. Como los hijos. María calcula que el 90 por ciento de los chicos al culminar la adolescencia abandona Pozuzo. "No les podemos cortar las alas" señala. "Ahora están en todo el mundo. En Lima se abren paso de mil maneras. Trabajan de lo que sea y salen adelante".

En los años 80 María Egg emigró a Lima. La situación política que vivía el país la llevó junto a sus hijos a la capital en busca de la seguridad que por entonces no hallaba en su tierra. En la ciudad, el primer dinero que ganó y recuerda con simpatía, fueron 20 soles. Los ganó ayudando a una amiga a elaborar tortas. Después incursionó en otros negocios y no le fue mal. Pero a pesar de completar 17 años viviendo primero en los Cipreses y después en la zona de Higuereta, jamás se acostumbró. 

Hace casi doce años regresó a Pozuzo, sin nada, debió empezar desde cero. Qué hacer, se preguntó entonces y la respuesta la llevó al turismo. Ni ella misma estuvo preparada para la buena acogida que obtuvo. Hubo noches en que debió ceder su cama a los huéspedes para atender la demanda. Después pudo construir los bungalows actuales.  Hoy es una emprendedora que ha difundido y sigue difundiendo la historia y costumbres de su pueblo mediante la industria sin chimeneas. 
Escultura a la ganadería. Recuerdo de otros tiempos
 Después de casi dos horas de conversación dejo a Frau María Egg. Es una señora de conversación sincera, de voz cálida y sin aspavientos. Mi impresión es que se podría conversar con ella durante muchas horas sin disminuir el interés y la novedad. Pero lo dejo allí por ahora. Me voy convencido de que a despecho de todo lo malo que nos cuentan los medios, hay peruanos y peruanas que en los lugares recónditos están construyendo el país del mañana. No hay quejas ni reclamos, sólo esfuerzo y optimismo. 

Pozuzo, dia 1, 24 de octubre del 2011

domingo, 6 de noviembre de 2011

Frau Maria Egg – El Albergue (en Pozuzo, Perú)

Albergue de María Egg
En un punto de la calle Los Colonos, a un costado de la agencia de transportes del lugar, un letrero dice “Frau María Egg – Albergue familiar”. Ingresar es entrar de lleno al reino de la vegetación y la naturaleza. Se asciende por una rampa natural de algunas decenas de metros, para luego tomando la mano izquierda, llegar a una explanada verde desde la que se miran los bungalows de madera que componen el albergue construido por Maria Egg, una dama cautivante y emprendedora del turismo. Allí se puede respirar aire verdaderamente puro, relajarse, olvidar las preocupaciones, sentirse en armonía con la naturaleza.

María Egg atiende personalmente
El albergue puede recibir entre 20 a 30 personas cómodamente instaladas, según la época del año. Gracias al uso no contaminante de paneles solares, los huéspedes cuentan con varios cientos de litros de agua caliente para su uso. También se tiene una vista privilegiada de las montañas que rodean al pueblo y que le dan al mismo un carácter tan peculiar. El albergue cuenta además con una zona común,  en la que los visitantes pueden beber, comer, navegar en internet o hacer lo que mejor prefieran, en total armonía con la naturaleza.

Bungalows rodeados de bosques naturales
                
María Egg ofrece a sus huéspedes caminatas guiadas y visitas a casas de familias pozucinas en las que se puede participar de las costumbres de la gente del lugar. Una de esas caminatas, en la cual se atraviesa el puente colgante Emperador Guillermo I, nos lleva luego de casi media hora de camino a visitar la antigua casa familiar en la que nació y creció María Egg junto a sus 10 hermanos. Es una amplia casa de cuatro pisos de madera,  construida por sus padres hace más de 50 Años en el sector conocido como Palmatambo.  Cuenta con largos corredores, una gran chimenea, y es de las pocas casas típicas que existen en Pozuzo.  Actualmente está en proceso de restauración. 


                Frau María Egg conoce y comparte con sus huéspedes la historia de su gente, los colonos austro-alemanes que vinieron en 1859 desde Europa y fundaron el Pozuzo actual. Es una historia fascinante de sacrificio y valor. María la cuenta con la sencillez de los grandes comunicadores y responde todas las preguntas con acierto y verdad. Hace casi 12 años regresó de Lima, donde estuvo 17 años, para montar el albergue que hoy atiende personalmente. Le gusta lo que hace. “El cliente tiene la razón, si hay una crítica, aceptar todo, con eso uno mejora” dice. Cómo ganarse al cliente, le pregunto. “Ser uno misma” responde sin dudar. Y así lo ha hecho durante las casi dos horas de conversación que hemos sostenido y los 12 años de experiencia que acumula. Para terminar me cuenta que un grupo de turistas extranjeros se fue el día anterior. Como en dias anteriores les preparó el desayuno con leche fresca. Panes, queso, mantequilla, hechos en casa. Como despedida preparó también Lasaña y Pizza. Sus invitados le dijeron que “era el mejor desayuno de todo el Perú”. “Quizás no lo sea”, consiente ella, “Pero se notaba que les gustó, estaban contentos” “Eso me da satisfacción”
Preciosa vista de otro Bungalow

                Frau Maria Egg tiene un albergue hermoso, como ella misma. Dan ganas de regresar ya.

Pozuzo dia 1, 24 de octubre del 2011

viernes, 4 de noviembre de 2011

Dia 1. De Oxapampa a Pozuzo: la ruta verde


Cuando antes del primer viaje (2008) le avise a Betzabeth que viajaría a su tierra, me respondió “Esa tierra es un paraíso”. ¿Era exageración, cariño o realidad? Los paisajes que vi no defraudaron mi expectativa. En esta segunda oportunidad me aseguré de viajar del lado de la ventana y de que mis ojos no perdieran un segundo del espectáculo de la naturaleza. 

Salida de Oxapampa


Salimos de Oxapampa y en apenas uno o dos minutos estamos en plena ceja de selva. ¿Por qué ceja de selva? Le pregunto a alguien, lo piensa un segundo y responde “aquí aún ves cerros, en la selva todo es plano” (uhm, obvio). Aún tardamos 15 ó 20 minutos en entrar en el territorio del río Pozuzo. Sin embargo este primer tramo es aún de una vegetación chata, casi predecible, cortada a ratos por plantaciones de granadilla que se han instalado en las laderas de los cerros derribando los bosques primarios. La granadilla se ha convertido en el cultivo estrella de la zona de Oxapampa. 

La Ceja de Selva y su mágico paisaje
 Después de unos minutos la naturaleza se pone de pie cuando kilómetros más adelante se empieza a recorrer las montañas que bordean el río Pozuzo. El recorrido dura aproximadamente 3 horas de un inacabable paisaje pletórico de verdor. La carretera de tierra es una línea sinuosa interrumpida a menudo por caídas de agua. Del lado derecho está la montaña, del lado izquierdo está el río Pozuzo y después de él la otra montaña. Es esa otra montaña, observable por la distancia que nos separa, la que subyuga y enamora. Veo una flora variada en la que destacan unos árboles inmensos cuyos tallos han adquirido una coloración blanquecina. El tallo es delgado y muy alargado y sólo en la cima se corona con ramas y hojas, como gigantes melenudos que observaran nuestro paso. En algunos lugares compitiendo en tamaño con los árboles, se divisan unos helechos gigantescos. Hay plantas pequeñas y conocidas como el mastuerzo y la oreja de elefante. Pero la mayor parte de la vastísima variedad de plantas y árboles son desconocidos para mí. 

Las caídas de agua añaden emoción a la aventura
Hay un inmovilismo en esa vegetación que observamos frente a nosotros que llama a respeto. Es posible que estemos mirando los últimos lugares en donde no han pisado aún los pies del hombre. Avanzamos como extraterrestres en un planeta extraño en donde nada se mueve. A una curva del rio sigue otra mil veces. Los árboles son muy altos, pero la montaña es mucho más alta aún, y coronando la cima está el cielo celeste y límpido, o a veces ornado de nubes. Alguien en el vehículo opina que ésta selva parece la que se mira en las películas de Vietnam. Es cierto, pero esta selva está al alcance de la mano, o de los ojos para ser precisos. El río con su bramido, deslizándose allá abajo, complementa una visión mística, un privilegio para quienes quieran observar.  Y me digo qué grande, extraño y variado es éste país. Qué privilegio ver esto y nacer aquí. 


El rio Pozuzo en cercanías del pueblo del mismo nombre
A veces el rio desaparece porque nos internamos en la vegetación alejándonos de las aguas y atravesamos auténticos callejones de verdor, casi empujando las plantas con la nariz de la combi para poder pasar. Pero luego el río reaparece y nuevamente el paisaje impone respeto. En algunos lugares la carretera se estrecha y bajamos la velocidad, o el agua invade la carretera y es de ley cuidarse al pasar esa invasión. ¿Es peligroso? Sólo un poco, no más que atravesar la pista en la ciudad. Luego otra vez las montañas y el verdor. ¿Monótono? Para nada, es como el río o la música, parece siempre igual pero cambia, muta, se enriquece y sorprende. 

El camino se vuelve callejón de verdor

¿Mi opinión? Lo visto en las tres horas que dura el viaje es lo más parecido al paraíso que debe existir en cuanto a paisaje. Casi a las 10 con treinta pasamos por Prusia, un pueblo pequeño y tranquilo, casi inmóvil, ordenado y limpio. Es uno de los dos pueblos que inicialmente fundaron los colonos venidos de Europa en 1,859. Cinco minutos después llegaremos a Pozuzo, primera parada del viaje.






Día 1, entre Oxapampa y Pozuzo. Del 24 de octubre del 2011

miércoles, 2 de noviembre de 2011

De viaje (paseo indagación exploración búsqueda descanso tontería sanación) en la selva central.


Domingo 23 de octubre, seis de la tarde. La mochila en la mano, los documentos en el bolsillo de la camisa; el pasaje, el dinero, la cámara, en el bolsillo del pantalón. Me voy. Tres años y medio antes perdí el ómnibus, hoy no se repetirá aquello, por eso salgo temprano. He postergado dos días la partida en espera de sanarme, pero nada. No importa, igual parto con una faringitis, una congestión nasal y una poca de fiebre. Después de todo, será parte de la aventura. Para añadir mayor riesgo al asunto no alcance a ponerme la vacuna contra la fiebre amarilla, precaución de ley para los de piel fina y no inmunizados, es mi caso. Procuraré resolver ese tema con un repelente de insectos. Ignoro si tarántulas y similares se enteren de repelentes, pero no hay opción. He de irme. 

La Selva Central: sus rios y su flora
                 Cuando creo que llego a la estación de omnibuses me escapo del vehículo que me llevaba y desciendo presuroso. Avanzo dos cuadras en la avenida 28 de julio y la agencia no aparece. Hay muchos comercios y la noche empieza a cerrarse. Avanzo dos cuadras más, se acaba el comercio, a lo lejos veo unos edificios enormes, sucios, feos. Atravieso bajo un puente de cemento. La cosa pone los pelos de punta. Algo ha pasado, me han cambiado las calles. Estoy en la cuadra 28 de 28 de julio en La Victoria en Lima, un sector nada recomendable, aún para los victorianos. Doy media vuelta. La agencia está en la cuadra 21. Un perro atropella a una señora que cruzaba la pista, nada menos.

                A las 7:40 estoy acomodado en mi asiento. Una promoción de chicos de colegio viajará en mi ómnibus. Qué importa. Pero sí importa. Hacen bromas tontas, se la pasan hablando todo el viaje, como si dormir no estuviera en sus planes. Se nota a leguas cuanta cultura falta hoy en los jovenzuelos. A mitad de madrugada se les da por oír música con alto volumen.  Me entran ganas de reclamarle a la profe que anda por allí muy suelta de huesos, pero me digo, Y bueno, el silencio no será mejor que su música de tecno cumbias.

                Aprovecho para pensar. ¿Por qué viajo? Para pagar deudas. De las monetarias y de las otras. También para huir de la ciudad que me tiene el borde de un ataque de nervios y con estos erizados. Por otra parte viajo en busco de una persona, un personaje más bien, un tipo de otro mundo. Y con él también busco a otras personas, además de historias, muchas historias. Ando escaso de luces e historias. Con el viaje de tres y medio años antes,  tuve bastante. Ahora voy a ese banco natural en busca de un crédito que de fondos suficientes para completar la aventura que vengo escribiendo. ¿Otra razón? Sí, siempre hay alguna razón inconfesable y así ha de quedar. ¿Alguna más? Retarme a mí mismo nuevamente y saber sin que nadie me lo cuente qué está pasando en el interior del país. Digo, no es que uno no viaje, pero una cosa es viajar a Trujillo, ciudad a la que viajé en mis vacaciones del 2009 y 2010,  y otra cosa es viajar a zonas deprimidas donde la presencia del estado es casi nula o inexistente. Si además de lo anterior sé que la aventura está garantizada, este viaje no tiene pierde ni escapatoria.  

                ¿Incidentes durante la noche? Ninguno. A las cinco y cuarenticinco de la madrugada llegamos a Oxapampa, pequeña ciudad enclavada en la selva central peruana, famosa por el café que produce (dicen que es el mejor del mundo) y por la ganadería. Es tan temprano que la gente aún duerme en sus casas. Percibo que la ciudad ha cambiado. Yo recordaba una urbe de pocos autos. Ahora veo semáforos inteligentes. ¿Para qué? Lo sabré después. Desde aquí viajaré a Pozuzo. Para ese viaje que es la verdadera aventura, necesito tener un asiento al lado de la ventana del lado izquierdo, el lado del río. Han vendido todos los cupos disponibles, así que me quedo hasta las 7:30 en espera de otro vehículo. Por cierto, desde Oxapampa a Pozuzo hay servicio de Combis que salen a las 4:30, 6:00, 7:30, 10:00 y 1:00 pm. Ahora estoy en el primer día del viaje y la aventura, la verdadera aventura, está por comenzar.

Ventana del lado izquierdo para observar el paisaje
                 Trece años antes, una amiga, Betzabeth, me habló del pueblo en que nació, Pozuzo. Me contó una historia increíble de rayos, truenos y relámpagos y una casa formidable en que se refugiaba cuando niña. Le creí cada palabra e incubé una curiosidad insana. Debí esperar 10 años para conocer el pueblo, pero entonces por escases de tiempo sólo me sedujo la belleza inigualable de los paisajes que observé en el camino. Ahora, con tiempo suficiente, la historia tendría que cambiar.

Día 1, 24 de octubre del 2011, desde la selva central, Oxapampa.